El angustioso día a día de una Jerusalén en estado de alerta

28/Jul/2014

Infobae, Por: José Ignacio Apoj

El angustioso día a día de una Jerusalén en estado de alerta

Acá, en Jerusalén, las
sirenas sonaron mucho menos que en Tel Aviv, la cosmopolita ciudad de las mil y
una nacionalidades, donde niños y ancianos, judíos y árabes, israelíes y
extranjeros viven en constante y literal estado de alarma desde hace más de un
mes. Prácticamente todos los días la aplicación que avisa de los próximos
misiles (detalles de las guerras modernas) los manda a los refugios, a las
escaleras más cercanas o a encogerse debajo de un banco para protegerse del
potencial impacto de los misiles gazatíes y sus esquirlas. En la capital, las
sirenas sonaron mucho menos y, además, nadie olvida los terribles años de la
Segunda Intifada, en especial el nefasto 2002, cuando era habitual sufrir el
espanto de los kamikazes de Hamas reventando los autobuses, cafés y restoranes
en los que todos tenían alguna historia. La situación para Jerusalén podría ser
mucho peor, pero involucra a todos.
Desde que se inició esta
tristemente célebre invasión terrestre, y a pesar de la destrucción de decenas
de túneles, bases terroristas y barricadas, cerca de 2.300 misiles volaron
hacia Israel, que debe a sus implacables Iron Dome la ausencia de imágenes de
familias destruidas en los televisores de todo el planeta. El envío de cada una
de estas sofisticadas defensas aéreas cuesta alrededor de 50 mil dólares, pero
Israel, con la antipatía mundial generalizada, está perdiendo mucho más. El
resurgir del BDS -Boicot, Desinversiones y Sanciones- que impulsan decenas de
grupos políticos y sociales de todo el planeta va a pegar fuerte, a pesar del
paquete de medidas preventivas que está diagramando el gobierno de Netanyahu.
En la semana, la FAA
-Administración Federal de Aviación de Estados Unidos- prohibió a los aviones
de su bandera volar a Israel, una medida a la que luego se sumaron las
aerolíneas europeas y que, a pesar de que ya fue levantada, fue el golpe de
knock out para el turismo. Sobre todo, teniendo en cuenta que más del 90% de
los visitantes ingresan vía aérea, dada la hostilidad y fragilidad de las
fronteras que Israel comparte con enemigos -Siria, Líbano-, vecinos con los que
apenas se saluda -Jordania- y países de política mutante como Egipto, a pesar
del novedoso apoyo del gobierno de Al Sisi a la operación terrestre en Gaza.
Son días complicados para
la capital. Alcanza con darse una vuelta por el tradicional y efervescente
Shuk, el más famoso y pintoresco de los mercados israelíes, para olfatear el
aire generalizado de desánimo. El Shuk es un excelente termómetro para medir lo
que pasa y lo que no. Y pasa poco: brillan por su ausencia las bulliciosas
filas para comprar frutas y verduras, y los japoneses fotografiando los mil
colores de las especies que dibujan la ingeniosa geografía de los puestos;
están apagadas, también, las voces de los vendedores de avanzada que convidan
de todo y nunca dejan de gritar.
Con paso rápido, los
locales y los pocos turistas que se presentan terminan sus menesteres y fotos
lo antes posible. Alón, un sesentón al mando de un puestito, liquida el kilo de
tomate a menos de 50 centavos de dólar. “No hay qué hacer. La gente no vino; o
los vendemos así, casi al costo, o hay que tirarlos”. Un encargado de recepción
de un imponente cinco estrellas inaugurado en marzo también se lamenta por la
situación: “Se cancelaron casi todas las reservas. La ocupación está por debajo
del 20 por ciento. Y ahora que el gobierno de Estados Unidos alertó sobre no
venir a la región, la cosa se va a poner incluso peor…”.
En los desolados
callejones de la Ciudad Vieja, el epicentro mundial del turismo religioso, los
vendedores fuman cigarros y narguila afuera de sus tiendas. Sentados sobre
banquitos, Omar y su hijo toman su única comida diaria, siguiendo las
tradiciones de un Ramadán especialmente agrio: “Esta guerra nos está haciendo
mal a todos. El turismo bajó notoriamente y estamos casi sin trabajo. Pero lo
peor, sin dudas, es lo que están sufriendo nuestros hermanos en Gaza, así que
tampoco nos podemos quejar”.
No es el mejor momento
para estar en la calle: el pasado jueves 17, por ejemplo, la policía recorrió
las principales arterias del centro, empezando por la tradicional peatonal Ben
Yehuda, invitando a la gente a retirarse. ¿El motivo? Una alerta que por
repetida no deja de espantar: la posibilidad latente de un mega atentado en la
ciudad. Pero las escenas de preocupación no necesitan de advertencias
oficiales. En el ómnibus, una adolescente obliga al chofer a parar cuando jura
escuchar la temida Hazaká, la sirena que invita, con urgencia y rusticidad, a
refugiarse donde sea. El actual conflicto con Hamas no provocó daños o víctimas
en Jerusalén Occidental, pero la tensión se palpa en los pequeños detalles de
una ciudad sensible y sufrida como pocas.
El vecino de este
cronista, un joven emprendedor franco-estadounidense-israelí que comparte un
piso en el coqueto y familiero barrio de Katamon, baja las escaleras con un
atuendo inusualmente formal: va saliendo hacia Haifa para asistir al entierro
de su íntimo amigo Sean Carmeli (21), uno de los dos soldados con pasaporte
norteamericano muertos desde la incursión militar en Gaza. Al funeral de
Carmeli, en el que ninguna bandera de ningún país fue quemada, asistieron entre
20 y 30 mil personas, lo que provocó que algunos allegados de la familia,
incluido el vecino, tuvieran que ver el funeral desde lejos.
En las calles del centro
aparecen los grupos de entusiastas adolescentes juntando comida, ropa y cartas
para los soldados del frente, y un poco más allá un grupo de pacifistas judíos
levantan carteles contra la operación Margen Protector. La guerra, también, se
traslada a las redes sociales: en Secret Al Quds (nombre con el que los
musulmanes llaman a Jerusalén), se advierten las tibias referencias al
conflicto, orientadas, más que nada, a aunar las fuerzas por la paz. Y en
Secret Jerusalén, corazón de los expats de la capital, inmigrantes judíos de
todo el mundo elevan plegarias por la salud de los soldados. El mediático
Alcalde de Jerusalén, Nir Barkat, que el 13 de Julio se selfiaba mirando la
final del Mundial, una semana después animaba a sus ciudadanos, a través de su
cuenta de Twitter, a donar sangre para los heridos del Ejército.
En Jerusalén Oriental, la
zona que congrega la mayoría de los barrios con acento árabe, el clima es mucho
más denso y hostil, sobre todo desde el asesinato del joven Muhamad Abu Khdeir
(10 de julio). Garín, una armenia heredera de una ancestral casa fotográfica,
confiesa que tiene muy poco trabajo: desde el Lunes 21 la mayoría de los
comercios están cerrados, y se observan a diario pequeños choques entre
adolescentes musulmanes y la policía. ¿Turistas? No, gracias.
También llegan, por lo
bajo, noticias agrias desde la vecina Ramala, por estos días fuera del foco de
atención mediática. Según Lauren, una francesa que estudia árabe en una villa
vecina, la capital de Cisjordania se convirtió en un hervidero del que luego se
contagió toda la ribera occidental. A comienzos de la semana, constantes
protestas en solidaridad con los gazatíes desembocaron en el cierre de muchos
negocios y la suspensión de las clases; sobre el final de la misma, la
violencia se apoderó definitivamente de las calles. Cinco palestinos murieron
en choques con ejército y policías destacados en la zona. En un clima de
hostilidad constante, el fantasma de la Tercera Intifada se pasea por las
carreteras que sólo militares y colonos se atreven a transitar.
En la última semana,
Israel abatió al menos a 240 terroristas, pero los misiles de Hamas siguen
surcando los cielos de este pequeño y conflictivo rincón del planeta.
Lo siente Jerusalén. Las
calles están menos pobladas por transeúntes y más transitadas por policías. El
sonido de las aspas de los helicópteros abre y cierra cada noche. Las banderas
de Israel se multiplican y los almaceneros atienden de reojo, tratando de no
distraerse de la pantalla: en este país, lamentablemente, la guerra se vive y
se sigue con la dramática atención de un Mundial. Pero sin goles y con
demasiada sangre y lágrimas. Y por eso escasean las alegrías.